Todavía recuerdo con que ilusión te engañe para que no me descubrieras en aquella tarde de lluvia, que tome el pequeño auto que teníamos y maneje más de 5 horas para comprar algo que necesitabas, que no me pediste nunca, pero que yo sabía que extrañabas y que sin duda te hacía falta.
Fue recorrer tiendas y caminar mucho tiempo en Paracho Michoacán, entre pedazos de madera barnizadas que para mí en ese entonces parecía iguales, me perdí una tarde entera buscando para ti, algo que llevara tu nombre entre las cuerdas. Y fue de pronto, cuando sin preguntar el precio decidí que esa guitarra iba a ser tuya, el hombre que me la vendió dijo todas y cada una de las características que para mi eran indiferentes, en mi mente solo te veía a ti tocándola, como aquellas veces en tu país, cuando mi corazón saltaba dando tumbos, cuando me enamoraba más de ti.
Las políticas de equipaje de una línea aérea, te obligo a dejarla, te dolió, lo sé, no te cansaste de repetirlo hasta que te despedía en el aeropuerto, todavía recuerdo tus palabras, “Mi guitarra, se queda mi guitarra”…
Es lo único que conservo o que queda como rastro de ti, no tuve el valor para regalársela a alguien más, había demasiada historia en ese instrumento, que guarde cautelosamente en el estuche negro por años, hasta que un buen día decidí reclamar mi herencia y aprendí a tocarla, he de avisarte que ya no es tuya, que ahora es mía, que he borrado cada pulgada de caricias que dejaron tus manos y que ahora he puesto las mías, nunca tuve buena voz u oído musical, soy muy torpe con las manos y de mi coordinación… bueno… mejor ni hablarlo.
Ahora mi guitarra que herede, viaja conmigo, se duerme al borde de la cama, me reconforta en las tardes de lluvia y me hace feliz en las madrugadas frías, nunca seré un concertista asombroso, pero con cada acorde me hago feliz y estas sonrisas ni los más desastrosos acordes pueden robármelas. |
Mi guitarra... se quedó mi Guitarra.